Quya Reyna El empresario, el emprendedor, el de la Internacional Socialista, el tiktokero, el kencha. Ese es el Samuel Doria Medina de nuestra época. Pero para una generación con más memoria, este hombre “moderado” un día fue evasor de impuestos, político corrupto, empresario vivaz, ministro de la privatización. Y en un futuro, posiblemente, sea nuestro presidente. Me niego. Ojalá la historia sirva para mostrar lo evidente y no sea simple adorno decorativo. Es que hay ahora una tendencia o “trend” que parte del mismo Samuel Doria Medina al no hacerse ver como el político nefasto que fue y es, sino que busca decorar su imagen como la del gran empresario. Ajá, el “gran empresario”… ¿Sabían que su empresa está con déficit también? Pero eso lo hablaremos con mayor detalle después. «Yo no soy político, soy empresario». Claro, «político» suena tan feo, como la época de privatización donde Samuel no solo planificó las políticas, sino que se benefició de ellas. Samuel Doria Medina no se estrena como político con el MNR, ojo. Fue parte del gobierno de la UDP en 1983, integró el Ministerio de Finanzas dirigido por Óscar Bonifaz. También fue ministro de planificación en el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada y parte del gobierno del MIR de Jaime Paz Zamora. Recordemos que el MIR tuvo vínculos con el narcotráfico, de ahí la foto de Samuel con Isaac “Oso” Chavarría, un narco vinculado al tráfico de cocaína en esos años. En los años dorados del saqueo empresarial, Samuel Doria Medina no fue un simple espectador: fue ministro estrella de los gobiernos que remataron el país. Mientras Jaime Paz Zamora y Gonzalo Sánchez de Lozada privatizaban LAB, YPFB y otras empresas públicas con la excusa reciclada de “reducir el Estado”, Samuel movía hilos clave, firmando contratos como en el caso FOCAS, donde fondos estadounidenses destinados al desarrollo local terminaron en fundaciones privadas como FUNDAPRO. Además, bajo su función se aplicó la llamada técnica bonsái: quebrar empresas productivas a propósito para justificar su venta y justificarlas con que eran “deficitarias”. Y mientras el Estado se reducía, él agrandaba su capital. En 1994, justo después de preparar el terreno de la privatización, se convirtió en accionista mayoritario de SOBOCE y luego se adjudicó FANCESA, una cementera estatal chuquisaqueña. Cuando María Galindo gritaba en Impuestos Nacionales “¡Contrólenle así pues al Samuel!”, no exageraba. Lo hacía señalando a un empresario que durante años ha evadido impuestos mientras vendía el discurso de que invierte y crea trabajo en Bolivia. Lo cierto es que Samuel se queda en el país porque aquí puede hacer lo que en ningún otro país le dejarían: mover millones sin control estatal. En 2005, junto a su entorno, creó en Panamá la empresa AKAPANA S.A. para triangular acciones de SOBOCE, vendiéndolas luego al Grupo Cementos de Chihuahua, tras haberlas declarado a un precio subvalorado de 58,2 millones de dólares. La jugada le permitió evitar el pago de al menos 54 millones de bolivianos en impuestos al Estado boliviano. Así como los cocaleros y mineros no tributan, los empresarios como Doria Medina tampoco lo hacen, la diferencia es que él operó desde paraísos fiscales. Y eso no es todo, ya Ronald MacLean denunció que desde 1997, Samuel Doria Medina colaboró con Tuto Quiroga en la oferta del plan “Coca Cero”, a cambio del ingreso del MIR al gobierno de Banzer. Samuel expone su disposición a sacrificar la estabilidad social por favores políticos, ya que esa maniobra, del ingreso de militares a erradicar la coca, no solo potenció el conflicto en el Chapare, sino que contribuyó al ascenso de Evo Morales. Es que Tuto y Samuel son malos calculadores. Solo basta recordar el gobierno de Jeanine Añez el 2019. Claro, en lo político, no hace falta mencionar que muchas veces ha buscado ser presidente. Buscó, además, llegar a la presidencia en 2020 mediante Jeanine Añez, a quien hoy niega haber apoyado. Lo que no dice es que financió su campaña digital: Unidad Nacional solo en redes sociales pagó más de Bs 117.000 en publicidad entre 2020 y 2021, cuando ella fue candidata presidencial y luego a la gobernación del Beni. Pagó 65 piezas de propaganda, presencia en redes, medios tradicionales y programas afines como los de Amalia Pando o Jimena Antelo. ¿En serio Samuel no tiene nada que ver con la postulación de Añez? Negar ese vínculo es parte de su estrategia habitual: operar desde las sombras, financiar, mover fichas y dejar que otros carguen con el desgaste político (por cierto, un saludo a Jeanine Añez hasta la cárcel de Obrajes). Además, recientemente en su campaña, Samuel ha criticado insistentemente que los gobiernos del MAS han mantenido al Estado en déficit, con la excepción del año 2014. Para él, el déficit es uno de los grandes males de la economía y su solución es eliminarlo por completo, o al menos eso ha repetido en varios espacios. Pero vale la pena preguntarse: ¿es realmente el déficit el problema estructural de la economía boliviana? Curiosamente, ha estado circulando información sobre su propia empresa inmobiliaria, COMVERSA S.A., que también estaría en déficit. Según la Gaceta de Comercio, entre el 2016 y 2023, Samuel ha perdido casi 300 millones de bolivianos con COMVERSA. Entonces, siguiendo su lógica, ¿no sería hora de rematar las Green Tower? ¿Cerrar Los Tajibos? Porque claramente no están generando utilidades. Pero no, claro. Eso no lo va a hacer Samuel Doria Medina. Él solo remata empresas públicas que, con buena administración e inversión, podrían revertir sus cifras y generar utilidades. Eso también pasa con el déficit de un Estado, pueden multiplicarse los ingresos después. Se puede entender que una empresa inmobiliaria tarde años en generar ingresos significativos. Porque las ganancias de COMVERSA el 2024 han sido de 869.000 bolivianos. Un chiste frente a lo invertido. Lo que me lleva a pensar que Samuel Doria Medina podría estar buscando llegar al gobierno no por “amor a la patria”, sino para acelerar el rendimiento de sus inversiones privadas, en particular COMVERSA S.A. Además, podría