Trump come el polvo de su derrota ante Irán
Alfredo Jiménez Pereyra El gobierno de Estados Unidos, encabezado por el presidente Donald Trump, está pagando un precio muy caro por guerra contra Irán, puesto que enfrenta tensiones con sus aliados, arsenales vacíos y un prestigio internacional cada vez más dinamitado. El manejo de la guerra de Irán evidencia los límites y la podredumbre interna del poderío estadounidense. Lo que Trump admitió como “una base de negociación viable” la aceptación de los 10 puntos (propuestos por Teherán) como un marco general como base para negociaciones habría resultado del todo inaceptable para el ocupante de la Casa Blanca si no se hubiera encontrado en una situación límite –por decirlo suavemente– en el escenario del conflicto. La lista de exigencias de la propuesta iraní comprende: Compromiso oficial de Estados Unidos con la no agresión contra Irán. Control continuo del país persa sobre el estrecho de Ormuz. Reconocimiento del derecho de Irán a enriquecer uranio. Levantamiento completo de las sanciones primarias estadounidenses. Levantamiento completo de las sanciones secundarias de Estados Unidos. Revocación de todas las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas contra Irán. Revocación de todas las resoluciones de la Junta de Gobernadores del Organismo Internacional de Energía Atómica contra Irán. Pago de una compensación a Irán. Retirada de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos de la región. Y, alto el fuego en todos los frentes, incluidos los ataques contra la Resistencia Islámica en el Líbano. De todos esos puntos, sólo el tema atómico puede ser presentado por Trump como una muy relativa victoria, dado que la república islámica ha manifestado desde siempre su negativa a fabricar armas atómicas. El resto constituye una derrota en toda la línea, por más que el republicano se esfuerce en presentar el alto el fuego como resultado de una exitosa negociación de paz. Incluso con un alto al fuego, Trump está lejos de alcanzar sus objetivos estratégicos más amplios. Algunas personas que han apoyado al magnate estadounidense en el pasado consideran que su estrategia en torno a Irán, en la medida en que exista, es perjudicial y peligrosa. Este desenlace –provisional e incierto, como todo lo que tenga que ver con el mandamás estadounidense– pone en evidencia el contraste entre la determinación defensiva con la que Irán ha construido su estrategia militar durante décadas y lo que para Washington fue una aventura bélica descabellada, inescrupulosa e improvisada, sin más propósito visible que acatar los designios expansionistas, belicistas y genocidas del régimen de Israel. Pero marca también la diferencia entre el muy menguante respaldo social del presidente republicano y la admirable cohesión nacional del pueblo iraní. El país agredido dio a sus verdugos y al mundo una admirable, conmovedora e histórica lección de integridad y valor: millones se ofrecieron para defender a su país y cientos de miles formaron cadenas humanas para resguardar las plantas de energía, puentes, centrales eléctricas, desalinizadoras y otras infraestructuras civiles críticas marcadas como blancos de los bombardeos con los que había amenazado Trump. Menos de 24 horas después que Washington y Teherán acordaran un alto al fuego, la Guardia Revolucionaria iraní afirmó que “no tiene confianza” en las promesas de Estados Unidos y aseguró que responderá a cualquier agresión estadounidense o israelí que se produzca durante el alto el fuego acordado. Durante este mes y medio de conflicto, Estados Unidos e Israel bombardearon a diario instalaciones militares, nucleares y energéticas, además de lugares civiles como hospitales y universidades en Irán, que respondió con ataques a intereses estadounidenses en la región, países vecinos y el cierre del estrecho de Ormuz por donde pasa el 20 por ciento de la producción mundial de petróleo. En un aleteo desesperado, Trump lanza amenazas cada vez más intensas, consigue algo parecido a un acuerdo y se marcha, mientras canta victoria de cara a los comicios de medio tiempo a realizarse en noviembre próximo, en un ambiente que no le es nada favorable.
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