La crisis como método: el laboratorio neoliberal que avanza mientras Bolivia vive las colas
Inti Moya Arce La crisis económica que atraviesa Bolivia no puede entenderse únicamente como el resultado de desequilibrios fiscales, escasez de divisas o errores administrativos. Lo que está ocurriendo revela un proyecto político más profundo. Mientras la población permanece atrapada entre la incertidumbre, las filas por combustible, el aumento del costo de vida y la confrontación permanente, el gobierno de Rodrigo Paz impulsa una reconfiguración silenciosa del modelo económico. La crisis ha dejado de ser un problema que se intenta resolver; comienza a operar como el escenario desde el cual se justifican reformas que, en condiciones normales, encontrarían una fuerte resistencia popular. El estado de excepción se mantiene pese a que las grandes movilizaciones cesaron hace semanas, esto significa que el estado de excepción no era un instrumento para pacificar el país, sino un instrumento para sembrar el terror y evitar la protesta social ante el nuevo paquetazo económico que se nos viene encima. La escasez de diésel y gasolina continúa sin resolverse. El tipo de cambio dejó atrás la estabilidad que caracterizó durante años a la economía boliviana. Paralelamente, se aprobaron decretos que modifican aspectos sensibles del modelo económico, se amplían espacios para la participación privada en sectores estratégicos y el país vuelve a recurrir al endeudamiento externo como principal mecanismo para enfrentar la falta de liquidez Mientras tanto, el pueblo no puede movilizarse por temor de que maten a sus hijos, porque el estado de excepción es eso, carta blanca para matar. El gobierno en vez de responder a las demandas de la población y solucionar los aspectos estructurales que originan la crisis, responde con represión, criminalización de la protesta, falsas propuestas de diálogo que terminan en acuerdos incumplidos al día siguiente y en órdenes de captura para los dirigentes. Revelando que el pueblo no puede confiar en el gobierno de Rodrigo Paz ni tantito así, que el proyecto de restructuración neoliberal no será frenado mediante el diálogo. La coyuntura de crisis termina funcionando como una cortina de humo. Cuando toda la sociedad concentra su atención en resolver la emergencia cotidiana, resulta mucho más sencillo introducir reformas estructurales que alteran el funcionamiento de la economía durante décadas. No sería la primera vez que ocurre. Naomi Klein describió este mecanismo como la «doctrina del shock», las crisis permiten aplicar políticas que difícilmente serían aceptadas en circunstancias normales. La experiencia boliviana comienza a mostrar rasgos en esa dirección. Uno de los cambios más significativos es la liberalización progresiva del mercado de combustibles. La autorización para que operadores privados importen gasolina y diésel a precios internacionales parece responder inicialmente a una necesidad coyuntural. Sin embargo, políticamente puede constituir el primer paso hacia un cambio mucho más profundo, la privatización de YPFB y la nivelación generalizada del precio del combustible a estándares internacionales. Toda privatización necesita antes construir un sentido común que la haga parecer inevitable. Cuando la población enfrenta durante meses la escasez de combustibles, las interminables filas y la incertidumbre diaria, comienza a instalarse una idea peligrosa: que el problema no radica en la gestión gubernamental, sino en la existencia misma de una empresa pública encargada del abastecimiento. Así, la crisis deja de ser presentada como un fracaso de la política económica para convertirse en la justificación de una mayor participación privada. La historia latinoamericana demuestra que ese libreto no es nuevo y que el único gran beneficiado de la privatización son las transnacionales y los políticos coimeados por debajo. Por ejemplo, en Chile, la privatización de Soquimich (SQM) en beneficio del yerno del dictador Pinochet, se sello con un contrato nefasto para los intereses del pueblo chileno. El contrato de 1995 estipulaba una renta fija anual de 15.000 dólares y una irrisoria regalía alrededor del 5% por la venta del litio en favor del Estado Chileno. Mientras que SQM recibía miles de millones de dólares por la explotación de Litio, el estado recibía las migajas de las migajas, y lo peor es que el acuerdo tenía validez hasta 2030 generando un candado para gobiernos posteriores. Conviene recordar que el gobierno de Rodrigo Paz está intentando transitar por el mismo camino, prueba de ello es el memorándum de entendimiento sobre el litio y minerales críticos firmado el 28 de abril con representantes del gobierno de EEUU. Otro cambio de enorme alcance ha sido la modificación del régimen cambiario. Durante más de una década Bolivia sostuvo una relativa estabilidad monetaria apoyada en elevados ingresos provenientes de las exportaciones de hidrocarburos y en un importante nivel de reservas internacionales. Hoy, en lugar de cuestionar las causas estructurales de la falta de liquidez, responden con la flexibilización cambiaría. El transito de 6.86 a 9.73 bolivianos por unidad de dólar, representa una depreciación del boliviano en un 30%, y día que pasa el tipo de cambio sube. Esto no constituye únicamente un problema financiero, es una transferencia directa del costo de la crisis hacia la población. Cada incremento del dólar encarece los bienes importados. Y Bolivia importa desde maquinaria industrial hasta medicamentos, alimentos procesados, insumos agrícolas, repuestos, productos de higiene y un sinfín de bienes de consumo cotidiano. La consecuencia es evidente, la depreciación y flexibilización cambiaría afecta a las grandes mayorías, porque implica el encarecimiento generalizado del costo de vida La pregunta entonces deja de ser exclusivamente económica y pasa a ser política: ¿quién soporta los costos de la depreciación y quién obtiene los beneficios? El costo lo paga el pueblo, el beneficio se lo llevan los exportadores, quienes representan una proporción insignificante de la población, reflejada en los grandes agroindustriales del oriente, las mineras como San Cristóbal y el sector hidrocarburifero. La misma lógica aparece en las recientes modificaciones aplicadas al sistema tarifario de la energía eléctrica. Presentadas como simples mecanismos de actualización técnica, las nuevas disposiciones abren la posibilidad de incrementos periódicos asociados, entre otros factores, a las variaciones del tipo de cambio. La fórmula de calculo parece sencilla, pero es engañosa. Menciona que la tarifa puede subir 5% mensualmente. 60% al año lo que es hartísimo, sin embargo, la









