Al Pereyra
La desaparición física de José “Pepe” Mujica debería marcar un antes y un después en todos los políticos de América Latina y del mundo. Su legado como líder y activista, que luchó por cambiar su Uruguay natal y todo un continente, estuvo siempre ligado fielmente a sus principios que guiaron su vida: la humildad, la austeridad, la coherencia, la honestidad y la cercanía en todo momento al pueblo.
Su pasado guerrillero, aunque controversial, lo humanizó para muchos. Demostró que sus ideales no eran mera retórica, sino el fruto de una vida de riesgo y convicción. Empero, también generó críticas de sectores conservadores que cuestionaban sus raíces radicales, una tensión que limitó su influencia entre las élites tradicionales. Este trasfondo explica su enfoque empático y su rechazo al poder por el poder mismo.
La trayectoria de Mujica comenzó en los convulsos años 60 como miembro de los Tupamaros, un grupo guerrillero marxista que desafió el régimen oligárquico de Uruguay. Sus catorce años en prisión, incluyendo más de una década en aislamiento brutal, forjaron su cosmovisión, transformando su fervor revolucionario en un compromiso profundo con el diálogo y la humanidad. Esta evolución -de militante armado a estadista pragmático- dotó de credibilidad a su presidencia, con sacrificio y resiliencia.
En sus intervenciones en foros internacionales a los que acudió, el “Pepe” dejó una influencia transformadora entre los jóvenes políticos que buscan alcanzar el ideal que otro mundo es posible. Mantuvo un liderazgo inspirador a través de su austeridad y lenguaje directo que establecieron un estándar de liderazgo ético, motivando a líderes emergentes y movimientos sociales a priorizar la ética y la moral sobre el poder. Supo entablar una conexión intergeneracional con su mensaje que unió a jóvenes activistas, intelectuales y académicos, ofreciendo una guía práctica en una región donde los liderazgos suelen estar polarizados.
Así, en un discurso a docentes y estudiantes de la Universidad de Estudios Extranjeros de Pekín, pronunciado en junio de 2013, expresó: “Tengo que hacerme esta pregunta ¿qué es la libertad? Mi definición casera de viejo es la siguiente: soy libre cuando gasto el tiempo de mi vida en lo que me gusta, en lo que me motiva; para uno será una cosa, para otro será otra; pero mientras tenga que luchar por elementos materiales para sostener mi vida, no soy libre, estoy sometido a la ley de la necesidad”.
Durante los cinco años que estuvo al mando de Uruguay (2010-2015) dejó muy claro que la política debe ser un servicio al otro, un acto de sacrificio, y no un juego interesado de poder. Su vida, marcada por el encarcelamiento, la pobreza y el amor a la libertad, es la prueba viviente de que las grandes transformaciones no son utopías.
En foros como en la ONU, las reflexiones de Mujica sobre el consumismo y la felicidad humana proyectaron un poder blando ético, invitando a repensar valores en un mundo en crisis.
Durante la tercera cumbre de la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) el 28 de enero de 2015, efectuado en Belén, Costa Rica, Mujica expreso: “Confío mucho más en la necesidad de construir, a largo plazo, corrientes políticas que seleccionen a las personas, no en función de su triunfo material, sino de su triunfo moral. Para que una sociedad avance de manera sana es necesario que la mayor parte de su dirigencia política esté comprometida tanto ética como moralmente. No debemos entrar en la alta política para hacer negocios o para vivir mejor, sino para comprometernos seriamente con las causas de la gente”.
Ahora que Bolivia vive un proceso electoral, los políticos que buscan la presidencia del Estado Plurinacional deberían tomar en cuenta una reflexión de Mujica cuando se refiere al deber ético de la política. Lamentablemente, los políticos bolivianos, tanto de derecha, de centro y los que dicen ser de izquierda carecen de ética y moral.
Sin dudas, el pragmatismo y el accionar de “Pepe” Mujica en la política y en su vida personal lo encumbraron a una posición alta, cargada de ética y moral, donde no todos los políticos pueden llegar. Latinoamérica y la humanidad perdieron a un hombre progresista, estadista, guerrillero y político a cabalidad que supo brillar con luz propia en un mundo sombrío, corrupto, consumista, lleno de traiciones y ambiciones.
