Hasta los periodistas sufren el hambre en Gaza, Palestina

Página 12

Anas Al Sharif es un corresponsal de TV para Al Jazeera en la Franja de Gaza, a quien Meta le cerró sus cuentas de Facebook e Instagram para acallarlo y el portavoz del ejército israelí, Avichai Adraee, lo acusó de pertenecer de Hamás, una virtual sentencia de muerte: ya mataron a siete compañeros suyos. 

Pero esta semana Al Sharif tiene otras urgencias que lo han convertido en reportero de su propio drama que le carcome las entrañas: “No he dejado de cubrir la crisis ni un instante en 21 meses, hoy lo digo sin rodeos… y con un dolor indescriptible. Me ahogo de hambre, tiemblo de agotamiento y resisto el desmayo que me persigue a cada instante… Gaza se muere. Y morimos con ella”.

El 20 de julio pasado, Sally Thabet, la corresponsal del canal satelital Al-Kofiya se desmayó tras una transmisión: no había comido en todo el día. Luego declaró al Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ) que recuperó la consciencia en el hospital, donde la rehidrataron y nutrieron por vía intravenosa.

Desde allí hizo la crónica de sí misma contando cómo, ella y tres hijas, se van muriendo de hambre. Para los médicos la situación es la misma: el doctor Mohammad Saqer del hospital Nasser declaró a CNN que el jueves pasado se desmayó durante su turno, pero tras recibir suero y azúcar, completó su guardia de 24 horas (hace 3 meses que no deja el hospital): “Mis colegas me sostuvieron antes de que cayera; somos personas exhaustas tratando a personas exhaustas, hambrientos tratando a hambrientos”.

El periodista Shuruq As’ad del Centro de Periodismo Palestino contó que Sally Thabet fue la tercera periodista que se desmayó en vivo en una semana.

¿Gajes del oficio?

No es que los periodistas sean más importantes que el resto de la población; simplemente tienen mayor exposición por la circunstancia laboral: lo que viven y sufren es lo de un palestino promedio. Incluso tienen la “ventaja” de que las empresas de comunicación les envíen dinero virtual a través del celular.

Pero aun a los precios astronómicos del mercado –100 dólares un kilo de harina— a veces no hay quien les venda. Y tienen la desventaja de ser un blanco móvil: el chaleco identificatorio de “Press” les viene jugando en contra.

Las agencias de noticias ocultan el nombre de sus periodistas para cuidar su vida. Pero las cadenas de TV no pueden resguardar su anonimato.

La ONU verificó hasta ahora 211 periodistas asesinados en Gaza y Reporteros Sin Fronteras da una cifra similar, considerando que, al menos, en 45 casos fueron ataques “quirúrgicos” deliberados.

Israel jamás rindió cuentas de esto, incluyendo la bomba de fabricación norteamericana Mark 82 de 230 kg que el pasado 1 de julio convirtió en cráter al café Al-Baqa en ciudad de Gaza –conocido por ofrecer internet y frecuentado por periodistas– donde dos trabajadores de prensa fueron asesinados: Ismail Abu Hatab —destacado fotoperiodista y cineasta— y Amna Al-Salmi, una artista visual que trabajaba en medios creativos. Además, fue herido el periodista Bayan Abu Sultan (en total hubo 41 muertos, incluyendo los asistentes a un cumpleaños infantil).

La muerte del alma

La medicina considera a la muerte por hambre como la más terrible: el organismo consume toda su glucosa y glucógeno debilitándose con mareos y dolor de cabeza. Y arranca la autofagia: el cuerpo devora sus propios músculos y órganos generando calambres severos y alucinaciones.

En dos semanas el sistema inmunológico colapsa y brotan infecciones o úlceras en el tracto digestivo, y pérdida de visión y audición. Así llega la locura por hambre documentada en el Holocausto y el Holodomor de Ucrania, donde víctimas comían tierra o cuero. El gran Primo Levi lo atestiguó y sentenció: «morir de hambre es la muerte del alma antes que el cuerpo».

Esto no es una posibilidad en Gaza: está ocurriendo. La Organización Mundial de la Salud dijo que una cuarta parte de la población enfrenta condiciones cercanas a la hambruna.

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